Habitualmente descartadas tras el uso, pueden convertirse en aliadas inesperadas del reciclaje doméstico
Hoy - El Billy Elliot santafesino
Miércoles 21 de Septiembre de 2011 - 20:51 hs
Guillermo, de la liga de fútbol de San Carlos al Teatro Colón
Jugaba de delantero en las inferiores de la liga sancarlina. A los 11 años se presentó para las audiciones en el Colón y hoy es uno de sus bailarines.
Aquella tarde en San Jerónimo, al sur de Santa Fe, se jugaba el clásico sancarlino. Después de un córner que terminó en rebote para su equipo, a Guillermo Boccardo la pelota le cayó en los pies. El pibito –el 10 en la espalda, un mechón rubio sobre la frente–, corrió y corrió, y en ese contraataque levantó el polvo del potrero. “Desde afuera del área le metí un zapatillazo que terminó en un gol al ángulo memorable”, repasa Guille. Poco queda de ese nene que festejaba los goles del Club Infantil de Fútbol metiéndose en el barro. Espalda erguida, cuello largo, 18 años: lo recuerda vestido con calzas y suspensor. Este año lo convocaron para formar parte del Ballet Estable del Teatro Colón, uno de los más prestigioso del mundo.
Para esa época –2003–, lo invitaron a hacer una recorrida por el mítico teatro. Quedó hipnotizado. No recuerda si lo encandiló el oro de las molduras, el telón que caía pesado sobre el escenario o la pana roja de las butacas. A esa altura, con 11 años, ya repartía el tiempo entre la escuela de danzas de su pueblo y el fútbol. Era delantero de su equipo. Pero la danza clásica lo apasionaba. “Mi mamá me anotó para dar el examen. Fueron tres: el técnico, el físico y el de ritmo. A los días me aceptaron como alumno. Sentía que no estaba preparado, pero quise hacerlo”, cuenta Guille.
La mudanza no fue sencilla. Los Boccardo no tenían suficiente dinero para que su hijo del medio se fuera con algo de plata. Patricia y Carlos, sus papás, descontaban la posibilidad de acompañarlo: Guille empezaría su carrera solo, en la gran ciudad. Al día siguiente de la noticia, el cartel de venta colgaba del espejo del Citroën blanco. Era la ofrenda –y el sacrificio– de papá, mecánico. Alguien del pueblo se lo llevó por $900. Patricia hizo empanadas y pastelitos y salió a venderlos. Guillermo juntó botellas y cartones. Y cuando terminaba febrero se bajó del micro, de noche, en Retiro. Era alto pero todavía no había cumplido los 12.
“Me asustaba el ruido las sirenas de las ambulancias. La terminal de Retiro me daba miedo. Estaba perdido con tantas líneas de colectivos y no entendía las combinaciones de subtes. Pero sobre todo le tenía pánico a la exigencia, presión y disciplina que impone la escuela del Colón”, confía el bailarín, mientras se estira las medias blancas, parte reglamentaria del uniforme. Primero vivió en la casa de un compañero, hasta que el intendente de su pueblo le ofreció instalarse en lo de unos familiares en Congreso. Después vivió en pensiones en Flores y en Once. Hoy comparte un departamento en La Boca con su hermana y futbolistas.
Guillermo ya pisó el escenario del Colón. Fue figurante en Manón. Figurante es quien actúa en vez de bailar. “Fui cochero, lacayo y mendigo. Son papeles importantísimos para cualquier alumno del Colón. Pero –confiesa– que yo quería bailar”.
Todos los días desde hace siete años, Guillermo ensaya y estudia por la mañana y la noche.Son ocho horas diarias, menos los domingos. En el corte de la tarde, va al gimnasio o toma clases particulares de danza clásica. “Hay que despejarse de la vida en la clase y en el ensayo. No hay problemas de plata, familia ni novias. Lo que hay es un piano que marca un ritmo y un cuerpo que se mueve. El maestro nos dice: yo les doy la llave, pero la puerta deben abrirla ustedes”.
Y una tarde, una igual a las anteriores, rutinaria y exigente, alguien lo paró en el pasillo. “Alumno, dígame su nombre”. Quien preguntaba era una de las maestras que dirige a los mejores bailarines del Colón. “Guillermo Boccardo”, contestó. “Mañana lo necesito para ensayar con el Ballet Estable. Sea puntual”. Esa fue su puerta.
Ahora, en el Ballet, la tarea de Guillermo es aprender cada uno de los pasos de las variaciones masculinas. Es el reemplazante de cualquier figura. Y es, también, un paso para convertirse en el príncipe del Lago de los Cisnes o de Cascanueces.
Es un día dorado, pero el sol no toca el telón cortafuego del escenario del Colón. Debajo está la fosa, un agujero musical donde dormita el arpa en su estuche negro. En la sala, bajo los palcos mudos, se mueven las franelas repasando las molduras. Las butacas ordenan la geografía desde el imperativo de la pana roja. Y entre todo, Guillermo, que ahora se despega del piso en un salto y parece una gacela.
Para esa época –2003–, lo invitaron a hacer una recorrida por el mítico teatro. Quedó hipnotizado. No recuerda si lo encandiló el oro de las molduras, el telón que caía pesado sobre el escenario o la pana roja de las butacas. A esa altura, con 11 años, ya repartía el tiempo entre la escuela de danzas de su pueblo y el fútbol. Era delantero de su equipo. Pero la danza clásica lo apasionaba. “Mi mamá me anotó para dar el examen. Fueron tres: el técnico, el físico y el de ritmo. A los días me aceptaron como alumno. Sentía que no estaba preparado, pero quise hacerlo”, cuenta Guille.
La mudanza no fue sencilla. Los Boccardo no tenían suficiente dinero para que su hijo del medio se fuera con algo de plata. Patricia y Carlos, sus papás, descontaban la posibilidad de acompañarlo: Guille empezaría su carrera solo, en la gran ciudad. Al día siguiente de la noticia, el cartel de venta colgaba del espejo del Citroën blanco. Era la ofrenda –y el sacrificio– de papá, mecánico. Alguien del pueblo se lo llevó por $900. Patricia hizo empanadas y pastelitos y salió a venderlos. Guillermo juntó botellas y cartones. Y cuando terminaba febrero se bajó del micro, de noche, en Retiro. Era alto pero todavía no había cumplido los 12.
“Me asustaba el ruido las sirenas de las ambulancias. La terminal de Retiro me daba miedo. Estaba perdido con tantas líneas de colectivos y no entendía las combinaciones de subtes. Pero sobre todo le tenía pánico a la exigencia, presión y disciplina que impone la escuela del Colón”, confía el bailarín, mientras se estira las medias blancas, parte reglamentaria del uniforme. Primero vivió en la casa de un compañero, hasta que el intendente de su pueblo le ofreció instalarse en lo de unos familiares en Congreso. Después vivió en pensiones en Flores y en Once. Hoy comparte un departamento en La Boca con su hermana y futbolistas.
Guillermo ya pisó el escenario del Colón. Fue figurante en Manón. Figurante es quien actúa en vez de bailar. “Fui cochero, lacayo y mendigo. Son papeles importantísimos para cualquier alumno del Colón. Pero –confiesa– que yo quería bailar”.
Todos los días desde hace siete años, Guillermo ensaya y estudia por la mañana y la noche.Son ocho horas diarias, menos los domingos. En el corte de la tarde, va al gimnasio o toma clases particulares de danza clásica. “Hay que despejarse de la vida en la clase y en el ensayo. No hay problemas de plata, familia ni novias. Lo que hay es un piano que marca un ritmo y un cuerpo que se mueve. El maestro nos dice: yo les doy la llave, pero la puerta deben abrirla ustedes”.
Y una tarde, una igual a las anteriores, rutinaria y exigente, alguien lo paró en el pasillo. “Alumno, dígame su nombre”. Quien preguntaba era una de las maestras que dirige a los mejores bailarines del Colón. “Guillermo Boccardo”, contestó. “Mañana lo necesito para ensayar con el Ballet Estable. Sea puntual”. Esa fue su puerta.
Ahora, en el Ballet, la tarea de Guillermo es aprender cada uno de los pasos de las variaciones masculinas. Es el reemplazante de cualquier figura. Y es, también, un paso para convertirse en el príncipe del Lago de los Cisnes o de Cascanueces.
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Fuente: Clarín/LT10
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