Vecinos del casco histórico de la ciudad sostienen que es necesario intervenir el lugar que tiene mucho tránsito, principalmente durante los horarios pico.
Lunes 22 de Junio de 2015 - 14:55 hs
"Borges y el tango, los grandes aportes a la cultura universal"
"Me interesa mucho el pasado como material de novela, siento que es como una reserva ecológica donde uno puede encontrar cosas extinguidas que se han perdido", dijo Edgardo Cozarinsky sobre la nueva edición de "El rufián moldavo", su primera novela, presentada anoche en la librería Gandhi de Buenos Aires con la presencia de su editor, Luis Chitarroni.
Publicada originalmente en 2004 y ahora reeditada por La Bestia Equilátera, la novela propone un viaje al pasado y un diálogo con figuras casi desaparecidas de una Buenos Aires fantasmal donde aparecen retratados, con delicada prosa, algunos temas: la inmigración, el teatro idish, la prostitución, el origen del tango y la vida de los bajos fondos.
"Esta novela, la primera que escribí, fue publicada hace once años en una editorial que pasó de ser un sello independiente de largo prestigio a ser parte de un consorcio internacional de esos que compran editoriales y les hacen perder muy rápidamente su carácter original", contó el escritor, cineasta y dramaturgo argentino nacido en 1939.
Y explicó que cuando el libro se agotó, "decidí que se iba a reeditar en una editorial que cuida a los autores y a sus libros, por eso elegí la compañía de La Bestia Equilátera, que desde que empezó se destacó por tener autores y títulos que van a contracorriente, no siguen moda y tratan acercar nuevas cosas al lector".
"Es una editorial que presenta autores poco conocidos, de esos que se llaman menores, pero que muchas veces esconden los tesoros mayores", sostuvo el autor de "La novia de Odessa".
Después, señaló que "los temas y las formas vienen a mí: en el caso de este libro, me interesaba mucho la idea de la primera frase -los cuentos no se inventan, se heredan-. Quería contar la historia de alguien que ha tratado de cambiar de vida, continente, familia e idioma y, en esa nueva identidad, repite la historia de sus padres y abuelos".
"Ese es un tema al que he sido muy sensible -apuntó el autor-, no porque piense que estoy repitiendo la historia, pero con los años me he dado cuenta hasta qué punto he heredado rasgos de carácter, no historia, de mi padre".
Y recordó: "cuando tenía 20 años pensaba que no tenía nada que ver con mi padre, después de los 50 empecé a darme cuenta hasta qué punto había rasgos suyos en mí".
"Me interesa mucho el pasado como material de novela, siento que es como una reserva ecológica donde uno puede encontrar cosas extinguidas que se han perdido -reflexionó el escritor-, así como el presente me parece inmanejable como material de ficción, creo que se cae enseguida en el periodismo o la crónica".
Y explicó que lo que busca es "escribir sobre un pasado no necesariamente histórico, pero me interesó siempre la anécdota, eso que en los años 70, en época de hegemonía de la teoría, se despreciaba. Creo que la anécdota es la base de la ficción y en ese sentido me interesa la vida vivida".
"Acá también aparece la cuestión famosa e infame de la prostitución generalizada de los años 10, 20, que tuvo un parate en los años 30, y que siguió de manera subterránea hasta nuestros días. Hoy, con Internet, la prostitución está en todos lados, pero en esa época tenía ese halo un poco siniestro, sórdido y novelesco", graficó el autor de "Lejos de dónde".
Y apuntó: "son los años en que se creó el tango. Lo que siempre me atrajo del tango es que no es folclore, es ciudadano, viene de la mala vida; recién fue aceptado a partir de 1913, cuando se pone de moda en Europa, desde San Petersburgo hasta Barcelona".
"El desprecio de los grandes intelectuales argentinos hacia el tango, de Lugones a Manuel Gálvez, se daba porque tenían una noción nacional de ciertas esencias ligadas a la vida rural, y esta era música de inmigrantes, de bajo fondo. Creo que los dos grandes aportes de la argentina a la cultura universal son Borges y el tango".
Por su parte, el escritor, crítico y editor Luis Chitarroni sostuvo que "la obra de Cozarinsky ha sido traducida, considerada y criticada en muchas partes del mundo. Su extraño libro "Vudú urbano", aun perturbador, se componía de postales en un inglés de extranjero y constaba con un prólogo de Susan Sontag y otro de Guillermo Cabrera Infante".
"Hay una cuestión que es esencial para toda la obra de Cozarinsky: su delectación y su rara fruición por el episodio narrativo contado con una minuciosa y elegantísima prosa, de eso ya daban cuenta sus ensayos críticos y creo que se puede ver como una constante en sus films y en algunos momentos de elección de material", definió el editor.
"Esta novela, la primera que escribí, fue publicada hace once años en una editorial que pasó de ser un sello independiente de largo prestigio a ser parte de un consorcio internacional de esos que compran editoriales y les hacen perder muy rápidamente su carácter original", contó el escritor, cineasta y dramaturgo argentino nacido en 1939.
Y explicó que cuando el libro se agotó, "decidí que se iba a reeditar en una editorial que cuida a los autores y a sus libros, por eso elegí la compañía de La Bestia Equilátera, que desde que empezó se destacó por tener autores y títulos que van a contracorriente, no siguen moda y tratan acercar nuevas cosas al lector".
"Es una editorial que presenta autores poco conocidos, de esos que se llaman menores, pero que muchas veces esconden los tesoros mayores", sostuvo el autor de "La novia de Odessa".
Después, señaló que "los temas y las formas vienen a mí: en el caso de este libro, me interesaba mucho la idea de la primera frase -los cuentos no se inventan, se heredan-. Quería contar la historia de alguien que ha tratado de cambiar de vida, continente, familia e idioma y, en esa nueva identidad, repite la historia de sus padres y abuelos".
"Ese es un tema al que he sido muy sensible -apuntó el autor-, no porque piense que estoy repitiendo la historia, pero con los años me he dado cuenta hasta qué punto he heredado rasgos de carácter, no historia, de mi padre".
Y recordó: "cuando tenía 20 años pensaba que no tenía nada que ver con mi padre, después de los 50 empecé a darme cuenta hasta qué punto había rasgos suyos en mí".
"Me interesa mucho el pasado como material de novela, siento que es como una reserva ecológica donde uno puede encontrar cosas extinguidas que se han perdido -reflexionó el escritor-, así como el presente me parece inmanejable como material de ficción, creo que se cae enseguida en el periodismo o la crónica".
Y explicó que lo que busca es "escribir sobre un pasado no necesariamente histórico, pero me interesó siempre la anécdota, eso que en los años 70, en época de hegemonía de la teoría, se despreciaba. Creo que la anécdota es la base de la ficción y en ese sentido me interesa la vida vivida".
"Acá también aparece la cuestión famosa e infame de la prostitución generalizada de los años 10, 20, que tuvo un parate en los años 30, y que siguió de manera subterránea hasta nuestros días. Hoy, con Internet, la prostitución está en todos lados, pero en esa época tenía ese halo un poco siniestro, sórdido y novelesco", graficó el autor de "Lejos de dónde".
Y apuntó: "son los años en que se creó el tango. Lo que siempre me atrajo del tango es que no es folclore, es ciudadano, viene de la mala vida; recién fue aceptado a partir de 1913, cuando se pone de moda en Europa, desde San Petersburgo hasta Barcelona".
"El desprecio de los grandes intelectuales argentinos hacia el tango, de Lugones a Manuel Gálvez, se daba porque tenían una noción nacional de ciertas esencias ligadas a la vida rural, y esta era música de inmigrantes, de bajo fondo. Creo que los dos grandes aportes de la argentina a la cultura universal son Borges y el tango".
Por su parte, el escritor, crítico y editor Luis Chitarroni sostuvo que "la obra de Cozarinsky ha sido traducida, considerada y criticada en muchas partes del mundo. Su extraño libro "Vudú urbano", aun perturbador, se componía de postales en un inglés de extranjero y constaba con un prólogo de Susan Sontag y otro de Guillermo Cabrera Infante".
"Hay una cuestión que es esencial para toda la obra de Cozarinsky: su delectación y su rara fruición por el episodio narrativo contado con una minuciosa y elegantísima prosa, de eso ya daban cuenta sus ensayos críticos y creo que se puede ver como una constante en sus films y en algunos momentos de elección de material", definió el editor.
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