La nutricionista y docente de la UNL, Mariel Wicky, defendió la continuidad de la normativa frente a los proyectos que buscan su eliminación en el Senado.
Hoy - Por Gustavo Mazzi
Domingo 22 de Febrero de 2015 - 14:44 hs
"El fusilamiento real o metafórico del que opina distinto"
En este año electoral que se presenta tan difícil e intenso, es muy interesante detenerse al menos un instante en "Las Leyes del Castillo", de Carles Casajuana, un diplomático español que ha trabajado en el Palacio de La Moncloa (desde 1977 es la sede de la Presidencia del Gobierno de España y es la residencia oficial del Pte y su familia) y ha visto muy de cerca los engranajes del poder en la Península.
Casajuana nombra en su libro algunos de los graves problemas que padecen los políticos por estos días: el primero, el de la pura incompetencia. “Creemos que, porque son poderosos, los gobernantes tienen más capacidad que los demás para dirigir los asuntos públicos. Pero no siempre es así". Y cita una frase genial de Bioy Casares: “El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez”.
El autor expresa que “cuanto más poderosa se siente una persona, más fácil es que, en vez de meditar cuidadosamente sus decisiones, saque conclusiones precipitadas de la información de que dispone, aunque sea incompleta. (…) Tiende a pensar que, si ha sido elegida para el puesto, es que vale para ello”. Esa soberbia, avivada por la falta de tiempo, es la madre de errores garrafales, como los que se vieron últimamente por estos lares, en vivo y en directo, en distintas cadenas de comunicación.
Las "Leyes del Castillo" te hacen sentir mucha pena por los políticos. No me refiero a los corruptos, al hombre ruin y despreciable, sino al que entra en la gestión pública lleno de buenas intenciones y a los pocos meses caen en una orgía de trabajo embrutecedora que sólo le deja tiempo para dedicar todas sus energías a mantenerse en el sillón. Pobres políticos, sí, pero sobre todo pobre de algunos pueblos, condenados a ser dirigidos por estos enfermos. No parece ser tan fácil escapar de esta trampa que nos apartó de todo principio crítico y nos convirtió en fanáticos en vez de en votantes. Caímos en la intolerante e irracional tentación de adherir a un “sector”, como quien se hace hincha de Boca o River.
Albert Einstein decía que, “para ser un buen científico dedica un cuarto de hora al día a pensar todo lo contrario de lo que piensan tus amigos”. Pongan “ciudadano” en donde dice “científico” y tendrán el remedio más eficaz para combatir el servilismo santurrón.
Carles Casajuana refleja de manera demoledora cómo el poder te cambia, te empobrece y te enajena. No olvidemos que para que exista una casta, primero tienen que existir dóciles siervos. Pero por suerte, el diplomático español habla de "Las Leyes del Castillo" y no de las que rigen nuestra “fulgurosa Casa”.
El nacionalismo mal entendido me parece un impulso retrógrado, un regreso a la horda, a la demonización del otro para crear una identidad protectora de tribu. Lamentablemente no veo una solución fácil a esta “fiebre fatal”, a esta nefasta siembra de odio, a la frenética y delirante mentira cotidiana en pro del triunfo a cualquier costo. Será que la ignorancia y la idiotez siguen siendo difíciles de erradicar. A lo mejor al final la crisis sirve de algo, por más que algunos seamos carne de cañón en el fusilamiento real o metafórico de todo aquel que opina distinto.
Casajuana nombra en su libro algunos de los graves problemas que padecen los políticos por estos días: el primero, el de la pura incompetencia. “Creemos que, porque son poderosos, los gobernantes tienen más capacidad que los demás para dirigir los asuntos públicos. Pero no siempre es así". Y cita una frase genial de Bioy Casares: “El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez”.
El autor expresa que “cuanto más poderosa se siente una persona, más fácil es que, en vez de meditar cuidadosamente sus decisiones, saque conclusiones precipitadas de la información de que dispone, aunque sea incompleta. (…) Tiende a pensar que, si ha sido elegida para el puesto, es que vale para ello”. Esa soberbia, avivada por la falta de tiempo, es la madre de errores garrafales, como los que se vieron últimamente por estos lares, en vivo y en directo, en distintas cadenas de comunicación.
Las "Leyes del Castillo" te hacen sentir mucha pena por los políticos. No me refiero a los corruptos, al hombre ruin y despreciable, sino al que entra en la gestión pública lleno de buenas intenciones y a los pocos meses caen en una orgía de trabajo embrutecedora que sólo le deja tiempo para dedicar todas sus energías a mantenerse en el sillón. Pobres políticos, sí, pero sobre todo pobre de algunos pueblos, condenados a ser dirigidos por estos enfermos. No parece ser tan fácil escapar de esta trampa que nos apartó de todo principio crítico y nos convirtió en fanáticos en vez de en votantes. Caímos en la intolerante e irracional tentación de adherir a un “sector”, como quien se hace hincha de Boca o River.
Albert Einstein decía que, “para ser un buen científico dedica un cuarto de hora al día a pensar todo lo contrario de lo que piensan tus amigos”. Pongan “ciudadano” en donde dice “científico” y tendrán el remedio más eficaz para combatir el servilismo santurrón.
Carles Casajuana refleja de manera demoledora cómo el poder te cambia, te empobrece y te enajena. No olvidemos que para que exista una casta, primero tienen que existir dóciles siervos. Pero por suerte, el diplomático español habla de "Las Leyes del Castillo" y no de las que rigen nuestra “fulgurosa Casa”.
El nacionalismo mal entendido me parece un impulso retrógrado, un regreso a la horda, a la demonización del otro para crear una identidad protectora de tribu. Lamentablemente no veo una solución fácil a esta “fiebre fatal”, a esta nefasta siembra de odio, a la frenética y delirante mentira cotidiana en pro del triunfo a cualquier costo. Será que la ignorancia y la idiotez siguen siendo difíciles de erradicar. A lo mejor al final la crisis sirve de algo, por más que algunos seamos carne de cañón en el fusilamiento real o metafórico de todo aquel que opina distinto.
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