El Xeneize mantiene viva la ilusión de contar con la Joya en su plantel y sostiene otros frentes abiertos.
Miércoles 18 de Febrero de 2015 - 18:23 hs
Luis Brandoni: "Me hicieron fama de malhumorado"
Actualizado: Martes 08 de Marzo de 2016 - 15:18 hs
Depende de cómo la haga uno. Si yo hubiese cambiado cinco veces de partido, no creo que me hubiese ido bien. El hecho de haber pertenecido congruentemente a una idea y a un partido histórico, cuanto menos si no están de acuerdo, reconocen mi cierta coherencia. La política no es cosa muy grata. He pagado más de lo que he cobrado. Pero no estoy arrepentido. Haber pertenecido a la Unión Cívica Radical, sin parar, todos los días, me trajo algunas simpatías, también rechazos. La gente paga por verme en teatro y no creo que sean sólo radicales. Me manifiestan admiración por la calle diciendo “Lástima que sea radical”. Y eso lo vivo como un halago. Nunca contrabandeé ideología. Tuve más derrotas que éxito como diputado nacional, pero he cumplido con honor.
¿Más derrotas que éxitos?
Tuve derrotas importantes. La ley de mecenazgo, la ley de radio y TV argentina me fue vetada. Frustraciones, pero no puedo dejar de reconocer la experiencia extraordinaria que fue convivir con quien piensa distinto.
Usted soñaba con ser tapa de El Gráfico, y fue tapa, pero de otro rubro. ¿Cree en el destino?
No sé, también soñé con ser cantor de tango, cantor de la orquesta de Pugliese. Y soñaba con hacer goles, pero me conformo porque fui feliz en mis años jóvenes siendo hincha de River.
Jugar ya no puede, pero ¿dedicarse ahora al tango?
Reemplacé el sueño por un disco de tangos que voy a sacar, Tangos dichos, con Julio Pane en bandoneón y Hugo Rivas en guitarra. Recito tangos célebres, como Mi noche triste. No me atrevería a cantar, pero recito el poema.
¿Qué tango podría representar toda su vida?
Amo tangos significativos como "Cuartito azul". Pero podría representarme Honrar la vida, de Eladia Blázquez.
¿Le preocupó saber de dónde viene, investigar bien a fondo su árbol genealógico? ¿Qué marcas arrastra?
Los Brandoni son de Ancona. Región de Le Marche, que quiere decir Las marcas. Mi abuelo materno, botero, cruzaba el Riachuelo. Mi abuelo paterno era empleado ferroviario. Manejaba un guinche que cargaba y descargaba barcos en Dock Sud. Ahí nací. Heredé la importancia de la comida y la ceremonia de la mesa. Me criaron en una casa donde al que llegaba se le ofrecía comida como acto de amor. Mi barrio era obrero, pero yo no vivía en un conventillo, éramos clase media. Llevo el orgullo de esos inmigrantes que almidonaban guardapolvos para que los pibes fueran a la escuela pública. Mi casa estaba infectada de dialecto, me llamaban Mani di ferro (manos de fierro), rompía cosas.
¿Era un chico difícil?
No era malo, pero era travieso. No tenía actos de rebeldía. Recuerdo que un día me fui al cine sin avisar y después al café, y lo vi aparecer a mi padre con pijama. Me paralicé. “¿Así que fumando?”, dijo. Fuimos caminando con mis amigos detrás de él, en un silencio terrible. Yo esperaba el escándalo y él solamente le contó a mi mamá. No había castigo, sino dulzura. Los varones teníamos hitos en la vida: los pantalones largos, la llave de casa, terminar el secundario y el servicio militar, que felizmente ya no existe.
Después del secuestro que usted sufrió en 1976, ¿es de los que honra su “segundo cumpleaños” cada año?
No, no le doy el gusto a ese Aníbal Gordon, que me dijo que festejara cada 9 de julio. Yo festejo el día que nací (18 de abril). En todo debo agradecer a Arturo Corbetta. Me enteré 30 años después que tuvo intervención para que mi mujer y yo siguiéramos vivos. Un 9 de julio de 1976, salida del teatro La Salle. Estaba haciendo Segundo tiempo. Nos vinieron a buscar con tres móviles... Pero yo no sentía miedo.
¿No sintió miedo?
No, me dio lástima de mí. Me miré como desde afuera del auto, como diciendo “Lástima, con lo que te queda por vivir”. Yo ya había vuelto del exilio en México. Días amargos. Felizmente pude sobreponerme con hijas chicas. Y creo haber aprobado esa asignatura de padre.
Se dice que usted tiene fama de frío, ¿ésa es su coraza?
A mí me hicieron fama de malhumorado unos señores que hacían Caiga quien caiga, que se creían graciosos. Parte del periodismo se hizo eco. Eran cancheros, yo no. No soy malhumorado. Es que no me gusta que me tomen el pelo. Creo que he sido feliz, hice lo que quise, pago mis impuestos, tengo amigos. No tengo quejas. Y pienso en trabajar menos de aquí en adelante. De algo estoy escaseando y es de tiempo. Lástima que un día todo esto se nos acabe.
¿Más derrotas que éxitos?
Tuve derrotas importantes. La ley de mecenazgo, la ley de radio y TV argentina me fue vetada. Frustraciones, pero no puedo dejar de reconocer la experiencia extraordinaria que fue convivir con quien piensa distinto.
Usted soñaba con ser tapa de El Gráfico, y fue tapa, pero de otro rubro. ¿Cree en el destino?
No sé, también soñé con ser cantor de tango, cantor de la orquesta de Pugliese. Y soñaba con hacer goles, pero me conformo porque fui feliz en mis años jóvenes siendo hincha de River.
Jugar ya no puede, pero ¿dedicarse ahora al tango?
Reemplacé el sueño por un disco de tangos que voy a sacar, Tangos dichos, con Julio Pane en bandoneón y Hugo Rivas en guitarra. Recito tangos célebres, como Mi noche triste. No me atrevería a cantar, pero recito el poema.
¿Qué tango podría representar toda su vida?
Amo tangos significativos como "Cuartito azul". Pero podría representarme Honrar la vida, de Eladia Blázquez.
¿Le preocupó saber de dónde viene, investigar bien a fondo su árbol genealógico? ¿Qué marcas arrastra?
Los Brandoni son de Ancona. Región de Le Marche, que quiere decir Las marcas. Mi abuelo materno, botero, cruzaba el Riachuelo. Mi abuelo paterno era empleado ferroviario. Manejaba un guinche que cargaba y descargaba barcos en Dock Sud. Ahí nací. Heredé la importancia de la comida y la ceremonia de la mesa. Me criaron en una casa donde al que llegaba se le ofrecía comida como acto de amor. Mi barrio era obrero, pero yo no vivía en un conventillo, éramos clase media. Llevo el orgullo de esos inmigrantes que almidonaban guardapolvos para que los pibes fueran a la escuela pública. Mi casa estaba infectada de dialecto, me llamaban Mani di ferro (manos de fierro), rompía cosas.
¿Era un chico difícil?
No era malo, pero era travieso. No tenía actos de rebeldía. Recuerdo que un día me fui al cine sin avisar y después al café, y lo vi aparecer a mi padre con pijama. Me paralicé. “¿Así que fumando?”, dijo. Fuimos caminando con mis amigos detrás de él, en un silencio terrible. Yo esperaba el escándalo y él solamente le contó a mi mamá. No había castigo, sino dulzura. Los varones teníamos hitos en la vida: los pantalones largos, la llave de casa, terminar el secundario y el servicio militar, que felizmente ya no existe.
Después del secuestro que usted sufrió en 1976, ¿es de los que honra su “segundo cumpleaños” cada año?
No, no le doy el gusto a ese Aníbal Gordon, que me dijo que festejara cada 9 de julio. Yo festejo el día que nací (18 de abril). En todo debo agradecer a Arturo Corbetta. Me enteré 30 años después que tuvo intervención para que mi mujer y yo siguiéramos vivos. Un 9 de julio de 1976, salida del teatro La Salle. Estaba haciendo Segundo tiempo. Nos vinieron a buscar con tres móviles... Pero yo no sentía miedo.
¿No sintió miedo?
No, me dio lástima de mí. Me miré como desde afuera del auto, como diciendo “Lástima, con lo que te queda por vivir”. Yo ya había vuelto del exilio en México. Días amargos. Felizmente pude sobreponerme con hijas chicas. Y creo haber aprobado esa asignatura de padre.
Se dice que usted tiene fama de frío, ¿ésa es su coraza?
A mí me hicieron fama de malhumorado unos señores que hacían Caiga quien caiga, que se creían graciosos. Parte del periodismo se hizo eco. Eran cancheros, yo no. No soy malhumorado. Es que no me gusta que me tomen el pelo. Creo que he sido feliz, hice lo que quise, pago mis impuestos, tengo amigos. No tengo quejas. Y pienso en trabajar menos de aquí en adelante. De algo estoy escaseando y es de tiempo. Lástima que un día todo esto se nos acabe.
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