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Martes 24 de Junio de 2014 - 16:52 hs
Estrés crónico: poco diagnosticado, pero muy perjudicial
Tiene graves consecuencias fisiológicas, psicológicas y conductuales. Se estima que cerca de la mitad de los adultos de los países occidentales lo sufren o sufrieron alguna vez. Cómo detectarlo. Qué hacer.
Actualizado: Lunes 14 de Marzo de 2016 - 19:14 hs
Nuestro cuerpo tiene recursos para responder a situaciones de exigencia externas de peligro o a las presiones que nos impone la vida diaria en forma aguda. Las glándulas adrenales, ubicadas sobre nuestros riñones (llamadas también suprarrenales por esta razón), detectan por varios mecanismos esta situación y descargan una cantidad adecuada de hormonas, como el cortisol y la adrenalina, que impactan en diferentes órganos.
Por su efecto, el corazón late más rápido, el cuerpo se irriga llevando oxígeno a todos los órganos, el azúcar aumenta… Todo esto permite tener más energía disponible rápidamente, los músculos se preparan, la vista mejora, la tensión arterial se eleva. Estamos alertas y las glándulas adrenales con sus hormonas nos preparan para enfrentar esta situación, sea un examen, un hecho traumático puntual, un peligro o una situación emocionante. Este estrés, llamado agudo, puede ser estimulante y placentero en muchas ocasiones y gracias a esta adaptación de nuestras hormonas el individuo logra resolver y salir delante de la situación conflictiva.
Pero también existe el estrés crónico, poco diagnosticado, y al cual no se le atribuye la importancia requerida. La vida diaria, las exigencias permanentes, las dificultades personales y laborales imponen a nuestras glándulas un funcionamiento permanente que provoca un fuerte impacto en el metabolismo. A medio plazo, este estado de alerta sostenido desgasta las reservas del organismo y puede producir diversas patologías y malestares.
Cómo detectarlo
El diagnóstico del estrés crónico no es sencillo, ya que médicamente no se suelen encontrar valores hormonales superiores a los normales. Sin embargo, esta secreción diaria y permanente de hormonas es superior a la requerida por el organismo, por lo que se perturba el ritmo normal circadiano de esta hormona que se libera a la mañana para ir descendiendo a lo largo del día.
Muchas investigaciones demostraron que este pequeño nivel no necesario, pero existente, es muy nocivo para nuestra salud. Entre las disfunciones que acarrea el estrés crónico se encuentran:
* Alteraciones de sueño, como pesadillas, insomnio o exceso de sueño.
* La presión arterial, el azúcar y el colesterol están por encima de los niveles normales, lo que provoca mayores riesgos en las personas predispuestas a tener mayor riesgo de diabetes, enfermedades coronarias y aumento de peso.
* Pérdida de la memoria. El sistema nervioso central tiene receptores al cortisol y alguna de sus áreas, por ejemplo, el hipocampo es muy sensible al mismo.
* El sistema gastrointestinal no queda indemne: el colon se irrita y los dolores abdominales son frecuentes.
* Migrañas.
* Contracturas musculares.
* Baja de defensas. El estrés provoca inmunodepresión, ya que la liberación de hormonas de estrés inhiben la maduración de los linfocitos, encargados de la inmunidad específica.
* Cambios de ánimo, irritabilidad, reacciones imperiosas, impulsivas y agresivas son características de la inestabilidad que provoca este estado hormonal.
* Depresión, situaciones adictivas, alteraciones del comportamiento alimentario y diferentes desequilibrios emocionales, como pérdida de deseo sexual y anhedonia (incapacidad para sentir placer en las actividades cotidianas).
Si nos sentimos cansados, desganados o irritables, es importante saber que nuestras glándulas suprarrenales pueden encontrarse exigidas y no pueden tener la reserva necesaria para permitirnos la adaptación a nuestras exigencias diarias. Las glándulas adrenales aparecen como “cansadas”.
Hay personalidades más predispuestas que otras a sentirse superados por situaciones que las perturban en mayor o menor envergadura. Pero también una mala alimentación (desbalanceada y desordenada), el exceso de trabajo, la falta de orden, el sedentarismo y la falta de desconexión de nuestras tareas habituales “alimentan” a este estrés crónico, que termina siendo un círculo vicioso de malestar.
¿Qué hacer?
* Buscar hábitos saludables (estar al aire libre, practicar algún deporte, comer sano).
* Descansar.
* Buscar el soporte familiar y de amigos.
* Organizar las tareas para evitar desbordes.
* Aprender a relajarse.
* Realizar actividades recreativas (salidas, un hobbie, etc.).
Se trata de proponerse pequeños cambios que a veces parecen imposibles pero que pueden ser nuestras metas a seguir para lo que queda del año. Depende de cada uno lograr una mejor calidad de vida. Y de salir del peor aspecto del estrés crónico: que las personas se acostumbran a él, se olvidan de que no es un estado “natural”, sino que recuperar el equilibrio y el estado de bienestar es un desafío que cada uno.
Por su efecto, el corazón late más rápido, el cuerpo se irriga llevando oxígeno a todos los órganos, el azúcar aumenta… Todo esto permite tener más energía disponible rápidamente, los músculos se preparan, la vista mejora, la tensión arterial se eleva. Estamos alertas y las glándulas adrenales con sus hormonas nos preparan para enfrentar esta situación, sea un examen, un hecho traumático puntual, un peligro o una situación emocionante. Este estrés, llamado agudo, puede ser estimulante y placentero en muchas ocasiones y gracias a esta adaptación de nuestras hormonas el individuo logra resolver y salir delante de la situación conflictiva.
Pero también existe el estrés crónico, poco diagnosticado, y al cual no se le atribuye la importancia requerida. La vida diaria, las exigencias permanentes, las dificultades personales y laborales imponen a nuestras glándulas un funcionamiento permanente que provoca un fuerte impacto en el metabolismo. A medio plazo, este estado de alerta sostenido desgasta las reservas del organismo y puede producir diversas patologías y malestares.
Cómo detectarlo
El diagnóstico del estrés crónico no es sencillo, ya que médicamente no se suelen encontrar valores hormonales superiores a los normales. Sin embargo, esta secreción diaria y permanente de hormonas es superior a la requerida por el organismo, por lo que se perturba el ritmo normal circadiano de esta hormona que se libera a la mañana para ir descendiendo a lo largo del día.
Muchas investigaciones demostraron que este pequeño nivel no necesario, pero existente, es muy nocivo para nuestra salud. Entre las disfunciones que acarrea el estrés crónico se encuentran:
* Alteraciones de sueño, como pesadillas, insomnio o exceso de sueño.
* La presión arterial, el azúcar y el colesterol están por encima de los niveles normales, lo que provoca mayores riesgos en las personas predispuestas a tener mayor riesgo de diabetes, enfermedades coronarias y aumento de peso.
* Pérdida de la memoria. El sistema nervioso central tiene receptores al cortisol y alguna de sus áreas, por ejemplo, el hipocampo es muy sensible al mismo.
* El sistema gastrointestinal no queda indemne: el colon se irrita y los dolores abdominales son frecuentes.
* Migrañas.
* Contracturas musculares.
* Baja de defensas. El estrés provoca inmunodepresión, ya que la liberación de hormonas de estrés inhiben la maduración de los linfocitos, encargados de la inmunidad específica.
* Cambios de ánimo, irritabilidad, reacciones imperiosas, impulsivas y agresivas son características de la inestabilidad que provoca este estado hormonal.
* Depresión, situaciones adictivas, alteraciones del comportamiento alimentario y diferentes desequilibrios emocionales, como pérdida de deseo sexual y anhedonia (incapacidad para sentir placer en las actividades cotidianas).
Si nos sentimos cansados, desganados o irritables, es importante saber que nuestras glándulas suprarrenales pueden encontrarse exigidas y no pueden tener la reserva necesaria para permitirnos la adaptación a nuestras exigencias diarias. Las glándulas adrenales aparecen como “cansadas”.
Hay personalidades más predispuestas que otras a sentirse superados por situaciones que las perturban en mayor o menor envergadura. Pero también una mala alimentación (desbalanceada y desordenada), el exceso de trabajo, la falta de orden, el sedentarismo y la falta de desconexión de nuestras tareas habituales “alimentan” a este estrés crónico, que termina siendo un círculo vicioso de malestar.
¿Qué hacer?
* Buscar hábitos saludables (estar al aire libre, practicar algún deporte, comer sano).
* Descansar.
* Buscar el soporte familiar y de amigos.
* Organizar las tareas para evitar desbordes.
* Aprender a relajarse.
* Realizar actividades recreativas (salidas, un hobbie, etc.).
Se trata de proponerse pequeños cambios que a veces parecen imposibles pero que pueden ser nuestras metas a seguir para lo que queda del año. Depende de cada uno lograr una mejor calidad de vida. Y de salir del peor aspecto del estrés crónico: que las personas se acostumbran a él, se olvidan de que no es un estado “natural”, sino que recuperar el equilibrio y el estado de bienestar es un desafío que cada uno.
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