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Jueves 19 de Junio de 2014 - 18:14 hs
Robaron en un jardín de infantes de San Pantaleón
Delincuentes entraron anoche a un jardín de infantes y se llevaron elementos de la cocina. Unos 25 chicos dejarán de recibir desayuno y almuerzo por varios días, otra vez.
Actualizado: Miércoles 09 de Marzo de 2016 - 12:27 hs
El barrio San Pantaleón está ubicado en el extremo oeste de nuestra ciudad, detrás del cementerio municipal. Se trata de un lugar en donde viven familias de muy humilde condición que deben vivir o sobrevivir entre carencias e injusticias. En ese marco está enclavado el Jardín de Infantes Monigotes, que funciona gracias a la gestión del Movimiento Los Sin Techo y a la solidaridad de algunas madres que prestan colaboración. Allí, cada día, unos 25 chiquitos reciben educación, un buen desayuno y el almuerzo. Hoy, el establecimiento sufrió el segundo robo en menos de un mes... Nuevamente, los pequeños se quedarán con hambre por varios días.
El personal del jardín y las colaboradoras llegaron esta mañana para abrir las puertas y se encontraron con el triste panorama. Los ladrones habían limado los barrotes de las rejas que intentaban en vano proteger el edificio. Los hierros retorcidos y la puerta “barreteada” preanunciaban lo que iban a encontrar en el interior.
“No hay solución. Ya sufrimos nueve saqueos como éste en apenas dos años. Es el segundo que ocurre en menos de un mes. En el anterior, estuvimos dos semanas sin poder darle de comer a los niños. Ahora, vamos a estar otro tanto. Nos duele ver entrar a los chicos con un hambre bárbaro y decirles que no hay nada. Es terrible esto. No se puede entender que se ataque así a una institución como ésta, con tanto ensañamiento”, se lamentó una mujer.
Los ojos se le llenan de lágrimas mientras cuenta que los delincuentes se llevaron, entre otras cosas, platos, vasos y cubiertos que eran de los propios alumnitos del jardín. “Cada uno había traído su propia vajilla luego del robo anterior, porque en aquella oportunidad se habían llevado todo”, relató.
Otra vecina recordó que anteriormente les robaron la heladera, el motor del agua, el grabador de música de los chicos y una estufa. “Siempre lo primero que se llevan es la garrafa. La que nos quitaron ahora era prestada. No sé cómo vamos a hacer para conseguir otra. Nosotros vivimos de las donaciones, hay una maestra que da clases y algunas mamás que venimos a colaborar. Al lado hay un comedor municipal que ya tuvo que cerrar por la inseguridad y el barrio se quedó sin ese servicio.
Los asaltos a casas se repiten. Hace unos días, siete ladrones saquearon una vivienda mientras uno de ellos le apuntaba a la cabeza a un niño que tomó como rehén. Es muy triste vivir así”, manifestó.
“Hace 16 años que colaboro en el jardín, desde que comenzó. Ya estamos cansadas. No sabemos qué hacer. Encima, si hacemos alguna denuncia o mencionamos algún nombre nos amenazan. Ya hay una madre que se tuvo que ir de la ciudad con su hijito y otra que no se anima a pisar el jardín, porque tiene mucho miedo. No se pueden imaginar el hambre con el que llegan los chicos acá. De alguna manera, vamos a ‘manguear’ otra garrafa y mercadería”, concluyó la mujer.
Todo esto ocurre a menos de 50 metros del cementerio municipal, en San Pantaleón, otro barrio santafesino en donde son los delincuentes los que imponen las “leyes” y tienen como “rehenes” a los vecinos, que deben sufrir a diario abusos, agresiones, robos y amenazas. Las víctimas no quieren dar la cara, tampoco sus nombres. Tienen miedo porque saben que los malvivientes son violentos y decididos a la hora de tomar represalias, mientras el Estado mira para otro lado.
El personal del jardín y las colaboradoras llegaron esta mañana para abrir las puertas y se encontraron con el triste panorama. Los ladrones habían limado los barrotes de las rejas que intentaban en vano proteger el edificio. Los hierros retorcidos y la puerta “barreteada” preanunciaban lo que iban a encontrar en el interior.
“No hay solución. Ya sufrimos nueve saqueos como éste en apenas dos años. Es el segundo que ocurre en menos de un mes. En el anterior, estuvimos dos semanas sin poder darle de comer a los niños. Ahora, vamos a estar otro tanto. Nos duele ver entrar a los chicos con un hambre bárbaro y decirles que no hay nada. Es terrible esto. No se puede entender que se ataque así a una institución como ésta, con tanto ensañamiento”, se lamentó una mujer.
Los ojos se le llenan de lágrimas mientras cuenta que los delincuentes se llevaron, entre otras cosas, platos, vasos y cubiertos que eran de los propios alumnitos del jardín. “Cada uno había traído su propia vajilla luego del robo anterior, porque en aquella oportunidad se habían llevado todo”, relató.
Otra vecina recordó que anteriormente les robaron la heladera, el motor del agua, el grabador de música de los chicos y una estufa. “Siempre lo primero que se llevan es la garrafa. La que nos quitaron ahora era prestada. No sé cómo vamos a hacer para conseguir otra. Nosotros vivimos de las donaciones, hay una maestra que da clases y algunas mamás que venimos a colaborar. Al lado hay un comedor municipal que ya tuvo que cerrar por la inseguridad y el barrio se quedó sin ese servicio.
Los asaltos a casas se repiten. Hace unos días, siete ladrones saquearon una vivienda mientras uno de ellos le apuntaba a la cabeza a un niño que tomó como rehén. Es muy triste vivir así”, manifestó.
“Hace 16 años que colaboro en el jardín, desde que comenzó. Ya estamos cansadas. No sabemos qué hacer. Encima, si hacemos alguna denuncia o mencionamos algún nombre nos amenazan. Ya hay una madre que se tuvo que ir de la ciudad con su hijito y otra que no se anima a pisar el jardín, porque tiene mucho miedo. No se pueden imaginar el hambre con el que llegan los chicos acá. De alguna manera, vamos a ‘manguear’ otra garrafa y mercadería”, concluyó la mujer.
Todo esto ocurre a menos de 50 metros del cementerio municipal, en San Pantaleón, otro barrio santafesino en donde son los delincuentes los que imponen las “leyes” y tienen como “rehenes” a los vecinos, que deben sufrir a diario abusos, agresiones, robos y amenazas. Las víctimas no quieren dar la cara, tampoco sus nombres. Tienen miedo porque saben que los malvivientes son violentos y decididos a la hora de tomar represalias, mientras el Estado mira para otro lado.
Fuente: ellitoral.com
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