Opinión - Por José Curiotto

Jueves 02 de Agosto de 2018 - 19:28 hs

El sueño de los Durán Barba

Actualizado: Jueves 02 de Agosto de 2018 - 22:36 hs

18 de julio de 2018: el presidente Mauricio Macri brinda una conferencia de prensa anunciada con una semana de anticipación. Si bien no realiza ningún anuncio, responde preguntas incómodas sobre temas tan diversos como la crisis cambiaria, la inflación, el acuerdo con el FMI, la situación de Télam, los aportes “truchos” a Cambiemos y las tarifas.

19 de julio de 2018: el presidente Mauricio Macri mantiene una comunicación en vivo con sus seguidores a través de Instagram.  Entre otros temas, le preguntan sobre el apodo de “Gato”, si le gusta ser presidente, su mirada sobre Venezuela, cuáles son sus series preferidas en Netflix, si prefiere a Shakira o a Britney Spears, sobre sus tics y sus actividades en el tiempo libre.

29 de julio de 2018: el asesor presidencial en materia de comunicación, Jaime Durán Barba, publica un artículo en Perfil.com. Habla del contacto de Macri con sus seguidores de Instagram y lanza una crítica contra el periodismo:  “Durante una hora, decenas de personas hicieron preguntas interesantes. Nadie repitió alguna pregunta de las que hicieron los periodistas (…) Por eso cae el rating de tantos programas y se agudiza la crisis de los medios: cada vez están más lejos de la gente. Es interesante comparar el contenido de la rueda de prensa con lo que preguntó la gente común”.

1 de agosto de 2018: el periodista Diego Cabot, del diario La Nación, publica una investigación que devela la trama oculta de cómo el dinero de la coima de las obras públicas circulaba por distintos puntos de Buenos Aires durante la era kirchnerista. Incluso, hasta la mismísima residencia presidencial de Olivos. Los datos fueron entregados oportunamente a la Justicia, por lo que numerosos ex funcionarios y empresarios son detenidos. Incluso, el caso deriva en un pedido de desafuero para la senadora Cristina Fernández de Kirchner.

El mismo gobierno al que Durán Barba asesora, respira aliviado. Nuevamente, y gracias al trabajo periodístico, las miradas se posan sobre la corrupción estructural del kirchnerismo. Todo sucede en el preciso momento en que la crisis económica aprieta a la gente y Cristina prepara el camino de su futura candidatura.

Una luz al final del túnel

Mal que les pese a Durán Barba y a tantos otros, el verdadero periodismo sigue siendo un pilar fundamental para el sistema de libertades y equilibrio de poderes. Con sus errores y con sus miserias. Incluso con su silencio a veces cómplice, la pluralidad de voces y el profesionalismo a la hora de informar a la larga terminan aportando a la república y a la democracia un factor esencial.

El mismo diario La Nación que denunció la trama de los cuadernos de las coimas, había publicado poco antes información sobre los aportes irregulares a la campaña de Cambiemos en provincia de Buenos Aires. De no haber sucedido esto, difícilmente el gobierno hubiese impulsado un proyecto de ley que tiende a transparentar el financiamiento de los partidos políticos.

Se equivoca Durán Barba cuando asegura que la crisis de los medios se acentúa porque en conferencia de prensa los periodistas no preguntan al presidente sobre su apodo de “Gato”, sobre sus preferencias musicales, sus series predilectas o sus tics.

Sería el sueño de todo asesor de imagen. Pero esa situación no sólo sería funcional para quienes prefieren no hablar de los problemas reales, sino que aceleraría la manifiesta e inocultable crisis de los medios de comunicación.

El periodismo no está en crisis por no abocarse a cuestiones superfluas, sino todo lo contrario. El periodismo está en problemas porque en medio de los cambios de hábitos provocados por la irrupción de las nuevas tecnologías, no fue capaz de descubrir a tiempo que su valor fundamental seguía radicando en los valores de siempre: la calidad, la verdad, el profesionalismo a la hora de informar.

En lugar de eso, durante las últimas dos décadas gran parte de los medios caminó a tientas, copiando y pegando información de dudosa procedencia, haciendo más de lo mismo, corriendo detrás de primicias sin sentido en tiempos de redes sociales. La crisis pegó duro. Las nuevas tecnologías despojaron al periodismo de la potestad de decidir qué se dice y qué se calla. Y las redes sociales o los buscadores en Internet, comenzaron a absorber la publicidad de los medios tradicionales, sin tener que enfrentar los costos que implica generar información de calidad.

Ya en 2012, el diario The New York Times se percató de que la calidad periodística aparecía como una luz en el largo y oscuro túnel de la crisis de los medios tradicionales. Por primera vez en su historia, el dinero obtenido por suscripciones había superado a lo recaudado en materia de publicidad.

Desde entonces comenzó a quedar en claro que la salvación de los medios no pasa por comunicar más de lo mismo. Mucho menos por imitar, como propone Durán Barba, lo que los usuarios hacen en redes sociales.  Si así fuera, los medios perderían su razón de ser.

El NYT llegó a la conclusión de que el verdadero negocio sustentable pasa por “proveer un periodismo tan sólido, que millones de personas alrededor del mundo estarán dispuestas a pagar por él”.

Durante los tres primeros meses de 2018, el NYT logró aumentar un 3,8% sus ingresos gracias al incremento del 7,5% de los ingresos por suscripción. El diario obtuvo 139.000 nuevos suscriptores digitales y se situó en un total de 2.783.000 suscriptores que pagan por leer información que saben que encontrarán allí, y no en otro lado.

 

Más de 180 representantes de 25 países se reunieron recientemente en la Conferencia SIPConnect que cada año se realiza en los Estados Unidos. La conclusión fue excluyente: no existe otra opción para los medios que no sea enfocarse en contenidos de calidad, de tal manera que las audiencias estén dispuestas a pagar por recibirlos, compartirlos y aprovecharlos.

El director ejecutivo de la Sociedad Interamericana de Prensa, Ricardo Trotti, acaba de hacer mención a un estudio reciente de las universidades estadounidenses de Illinois y de Notre Dame, que midieron los efectos que acarrea el cierre de un periódico en una comunidad: sin medios o periodistas, la investigación comparativa entre varias ciudades demostró que empeoraron las finanzas municipales, aumentó la corrupción, los funcionarios incrementaron sus sueldos y subieron los impuestos.

A diferencia de lo que opina Durán Barba, preguntar sobre la inflación, la crisis cambiaria o las tarifas, no implica “estar lejos de la gente”. En todo caso, si los periodistas sólo consultaran al presidente sobre sus series o cantantes favoritas, sobre sus tics o sus distracciones en los ratos libres, seguramente estarían firmando su sentencia definitiva de muerte.

Si así lo hicieran, los medios ya no tendrían sentido. Y sin ellos, ocultar cuadernos reveladores, aportes sospechosos de campaña o bolsos con dinero turbio, sería mucho más sencillo.

 

Fuente: José Curiotto

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