Opinión - Por Rogelio Alaniz

Domingo 24 de Junio de 2018 - 08:09 hs

Entre las torpezas del gobierno y las felonías de la oposición

Ser un país normal exige en primer lugar expectativas políticas normales. Entre el desencanto neoliberal y la ebriedad populista debería haber una traza que permita sentar las bases de una nueva política.

Actualizado: Domingo 24 de Junio de 2018 - 10:42 hs

Me conmueven y me inquietan las ilusiones y las esperanzas que nos dominan a los argentinos a la hora de consumir buenas noticias. La política suele estar matizada por ese costado algo frívolo, ese esfuerzo de los gobiernos por intentar sostener el optimismo en sociedades democráticas donde el humor social suele ser decisivo para la gobernabilidad.

Como se dice en estos casos, son reglas de juego de la política a las que hay que resignarse a aceptar con la condición de no tomarlas demasiado en serio,  porque solo una cosa es peor que el optimismo ingenuo, y es el pesimismo sombrío, la sensación de que todo está mal y continuará mal, un estado de ánimo que suele dominar a las sociedades y que suelen alentar las oposiciones políticas inescrupulosas u oportunistas.

Sinceramente creo que el préstamo del FMI es por su monto y sus condiciones una buena noticia para la Argentina, como lo es también la decisión de las calificadoras de ubicarnos colmo país emergente. Dicho esto, agrego mi razonable cuota de escepticismo para decir que no es para tanto. Quienes tenemos algunos años en el oficio de observar los acontecimientos políticos sabemos el carácter relativo de estas “buenas noticias” y también sabemos de los riesgos que representa entusiasmarse demasiado o de los riesgos que significa transmitir buenas noticias que después la sociedad registra que no fueron tales o por lo menos no fueron tan buenas como se ha dicho desde las usinas del poder.

Yendo a los hechos concretos, admito que el acuerdo con el FMI es necesario e incluso puedo reconocer que hemos logrado las mejores condiciones posibles con una institución de la cual se pueden decir muchas cosas menos que sea una sociedad de beneficencia. Admitamos, a continuación, que de ahí a decir que es una buena noticia hay una gran diferencia. Dicho con otras palabras, no es una tragedia pedir un préstamo al FMI, mucho menos en las actuales condiciones históricas de la globalización, pero hasta la mítica doña Rosa se atrevería a decir que endeudarse puede ser el mal menor, una necesidad urgente, pero nunca una buena noticia, sobre todo cuando las imágenes que se avizoran hacia el futuro son confusas y, en algún punto, inquietantes, porque la sospecha de que empezamos a enredarnos en un punto muerto o en un progresivo declive, crece, la sospecha de un país enredado en sus propias contradicciones.

No fue un acierto de Macri haber dicho hace unos meses con motivo de la inauguración de las sesiones parlamentarias que “lo peor ya pasó”. Y no fue un acierto porque, en primer lugar, esas palabras fueron innecesarias, gratuitas, nadie se las había solicitado. Es que entre el optimismo y la venta de ilusiones hay una difusa frontera que conviene no cruzar y mucho menos justificar diciendo que estas cosas ocurren porque disponemos de la virtud de ser excesivamente optimistas. Con todo respeto, esa explicación no se la creen ni las monjitas de clausura y hasta sospecho que la madre superiora del convento se tomaría la licencia de reírse a carcajadas cuando lo escuchó al flamante ministro Luis Caputo decir: “Bienvenida la corrida cambiaria”, algo tan “optimista” como exclamar: “Bienvenida la hepatitis”, porque gracias a ella de aquí en más voy a cuidar más mi hígado.   

Tampoco es oportuno exagerar con lo que calificará las pequeñas biografías personales. ¿Ejemplo? La insistencia con que algunos periodistas y políticos repiten que el presidente Trump tiene buena honda con los argentinos porque jugó al golf con Macri cuando ninguno de los dos eran presidentes y entre hoyo y hoyo se hicieron amiguitos. Sinceramente, creer en eso es tan inocente como creer en los Reyes Magos o el Niñito Dios. Inocente en el mejor de los casos o  ignorante en el peor, la ignorancia acerca de cómo funciona el capitalismo globalizado.

Al respecto, los argentinos ya tenemos una frase célebre en esta tendencia a reducir la complejidad de la economía y la política a episodios personales y sentimentales: “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”. ¿Acaso era posible esperar otra cosa?

Desde los tiempos de Carlos Marx sabemos que la dinámica histórica del capitalismo trasciende las crónicas individuales; que la configuración de estructuras posee una lógica propia que hay que entender y en esto poco tiene que ver ser de izquierda o de derecha. A esa lógica, a ese despliegue histórico le interesa poco que Trump y Macri hayan jugado al golf o a las bolitas o que madame Lagarde sea una agradable mujer humanista y defensora de las causas feministas.

¿Muy crítico? Más o menos. Sigo creyendo que Cambiemos es la experiencia política nacional más interesante en lo que va del siglo XXI, que existe un esfuerzo sincero por cambiar las reglas de juego hegemónicas impuestas por el populismo, que Macri es un presidente que se propone en serio fundar las bases de un país más creíble y con más futuro. Y  que todo esto lo debe hacer sin contar con mayoría parlamentarias, con una minoría de gobernadores, una oposición que cede periódicamente a la tentación de la salvajada  y obligado a hacerse cargo de una herencia que sin exageraciones merece calificarse de catastrófica.

“Porque te quiero te aporreo”, dice el refrán. Y algo parecido me pasa a mí con Cambiemos. Desde hace bastante tiempo he renunciado a la ilusión de un gobierno perfecto o de un  gobierno que vende un relato mesiánico que se parece mucho al célebre opio del pueblo. Peor de ahí a admitir la tontería o la receta de un libreto de autoayuda hay una gran distancia.  

Ser un país normal exige en primer lugar expectativas políticas normales. Entre el desencanto neoliberal y la ebriedad populista debería haber una traza que permita sentar las bases de una nueva política. La traza es muy débil y es resbalosa, pero si un mérito tiene Cambiemos es que está realizando un esfuerzo notable para recorrerla y en algunos casos trazarla.

Pero Cambiemos no es un plato volador que llegó desde el fondo de las galaxias. Posee las virtudes del caso, pero también los vicios del caso. También desde el punto de vista político y social Cambiemos practica el gradualismo con sus aciertos y sus visibles riesgos. Comete errores, lo cual de alguna manera es previsible, pero comete algunas torpezas que cuesta más entenderlas.

De algunas de esas torpezas intento discurrir en este artículo porque sospecho que ese es un lujo que este gobierno no se puede dar, sobre todo si se tiene en cuanta que en la vereda de enfrente (y efectivamente está en la vereda de enfrente) hay una oposición que mayoritariamente está decidido a saltarle al gobierno a la yugular por lo que sea: por lo bueno y por lo malo, por lo lindo o por lo feo.

El peronismo por historia, por hábito, incluso hasta por mitología no está dispuesto a aceptar a un gobierno no peronista en el poder, y no solo no está dispuesto a aceptarlo sino que, además, no está dispuesto a que termine su mandato. Se llame el Club del Helicóptero o se llame como se llame, en el imaginario peronista los escenarios abiertos con Alfonsín y Fernando de la Rúa son fuertes. Algunos lo expresan sin disimulos, otros a regañadientes y la mayoría lo piensa así por inercia, costumbre o ideología.

El peronismo quiere retornar al poder. Está en su derecho. Como a muchos nos asiste el derecho a tratar de que así no sea, entre otras cosas porque en mi caso me domina la certeza que, como dijera Talleyrand de los Borbones, no aprendieron nada ni olvidaron nada, una variante anticipatoria al ya demasiado citado juicio de Borges acerca de lo incorregible.   

Los problemas del gobierno son económicos y financieros, el desafío que presenta un país con una economía y unas finanzas en crisis, pero su problema fundamental es la presencia de una oposición dispuesta a recuperar el poder sea como sea y decidida a transformar cada problema en la antesala del derrocamiento del gobierno. Negarlo o relativizarlo es tonto. Esta realidad está en la calle, en las actitudes de sindicalistas, políticos y jefes de movimientos sociales; en cada uno de los piquetes que organizan todos los días, en cada uno de los paros locales y paros generales con los que se prodigan, en cada una de sus declaraciones públicas.

El libreto en todos los casos es el mismo: el conflicto, la protesta, el paro local, la huelga general y la pueblada. No son para nada originales, pero suponen que no necesitan serlo porque el viejo libreto siempre fue eficaz. Un gobierno derrotado permite no solo llegar al poder sino también disponer del tiempo necesario para hacer y deshacer con el pretexto de las ruinas heredadas. ¿En el camino el pueblo sufre? Mala suerte para el pueblo.

Fuente: Rogelio Alaniz

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